Cristo no murió en la cruz. Cuando el soldado le clavó la lanza en el costado, se encontraba en un estado de muerte aparente causado por las torturas sufridas. Tras ser desenclavado y trasladado al lugar donde iba a ser sepultado, quienes lo acompañaban se dieron cuenta de que aún estaba vivo. Había resucitado, sí, pero no al tercer día. Y no fue un milagro.
Ésta es, en resumen, la tesis del libro ’42 días. Análisis forense de la crucifixión y la resurrección de Cristo’, del médico Miguel Lorente (Almería, 1962). Profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada, Lorente estudia al detalle las últimas horas del ‘Rey de los Judíos’ y plantea una hipótesis atractiva, aunque polémica. El científico se basa en ciertas características de la Sábana Santa, que considera el auténtico sudario que envolvió el cuerpo de Cristo, alegando que la única prueba en contrario -la del carbono 14 realizada en 1988- «se hizo mal». Lo novedoso de su relato es que no sólo aporta los aspectos forenses de aquellos hechos, sino que incorpora elementos históricos, ideológicos y espirituales que ayudan a comprenderlos mejor.
El autor insiste en que la crucifixión de Cristo fue excepcional. No porque los romanos no utilizaran con profusión esta máquina de tortura copiada de persas y cartagineses y perfeccionada con la práctica, sino por lo extraordinario del personaje de Jesús -considerado una amenaza tanto por las autoridades religiosas judías como por el gobierno romano- y las circunstancias en que fue crucificado.
Por ejemplo, recuerda, no era usual que un reo fuese flagelado y después crucificado: era una pérdida de tiempo. Posiblemente, especula, Poncio Pilatos trató de contentar a los sacerdotes judíos tras el ‘juicio rápido’ aplicando la primera pena pero, al no conseguirlo, se vio obligado a ordenar que le ejecutaran. Y como no estaba de acuerdo, se lavó las manos.
Jesús de Nazaret recibió 40 golpes con un látigo de tres puntas rematadas por bolitas de plomo o piedra, así que su cuerpo quedó convertido en una pura herida, con más de un centenar de traumatismos. Prueba de su mal estado es que cayó varias veces durante los 600 metros que separaban la fortaleza Antonia del Gólgota, atado a un patíbulo -un madero de unos 50 kilos utilizado después como lado transversal de la cruz- hasta el punto de que los soldados ordenaron a un espectador fornido, Simón el Cireneo, que portase el tronco.
El cuerpo fue fijado a la cruz con los clavos atravesando las muñecas y el dorso de los pies (uno sobre otro). Si los clavos hubieran penetrado en las palmas de las manos -como se ha representado artísticamente- se hubieran desgarrado por el peso del cuerpo.
Agonía en la cruz
El forense explica que en la crucifixión la muerte puede producirse por tres mecanismos: asfixia -en esa postura, con los brazos soportando el peso del cuerpo, los movimientos respiratorios se hacen cada vez más difíciles y llevan a la insuficiencia respiratoria-; ‘shock’ hipovolémico -por pérdida de líquidos, fundamentalmente sangre de las heridas de los clavos y los latigazos previos, en el caso de Cristo, pero también sudor y vómitos- que puede llevar al fallo multiorgánico; o ‘shock’ traumático, con componentes de los dos anteriores, agravados por el intenso dolor ocasionado por múltiples heridas.
Un crucificado podía agonizar durante horas o días. Pero los romanos inventaron un método para terminar con los horribles dolores del reo: la crucifractura o rotura de las dos piernas por debajo de la rodilla con un golpe de maza suponía la muerte en pocos minutos, al no poder apoyarse ya el condenado, agotado por horas de tortura, sobre los pies.
Cuando el centurión encargado de ejecutar la pena de muerte, tras haber asestado el golpe de gracia a los dos ladrones crucificados junto a Jesús, iba a propinar al de Nazaret el mismo mazazo, le pareció que ya estaba muerto -según el autor, se encontraba en un estado de «coma superficial o muerte aparente»-; para asegurarse, el soldado le clavó la lanza en el costado.
¿Por qué no lo mató esa herida? Lorente cree que la lanzada pudo no ser muy profunda, al realizarse en un ángulo muy agudo, ya que Cristo estaba situado mucho más alto que el soldado, y «el bisel de la propia herida pudo actuar como mecanismo de taponamiento y evitar una hemorragia copiosa».
En este punto, Lorente subraya que las prisas fueron un factor clave en la supervivencia de Jesús: los soldados deseaban regresar a la ciudad cuanto antes porque al día siguiente era la fiesta de Pascua, y los amigos de Cristo querían bajarle de la cruz enseguida y llevárselo al Jardín de Joseph, donde José de Arimatea tenía el sepulcro familiar, porque la ley judía prohibía enterrar un cadáver de noche.
«El descenso del cuerpo de Jesús -explica el forense- supuso su colocación en decúbito supino, es decir, tumbado boca arriba, posición que permitió la redistribución de la sangre y con ella la revascularización cerebral y la disminución de la hipoxemia (falta de oxígeno en sangre) (…)». «…La propia acción del descenso de la cruz, unida a la preparación del cuerpo con sustancias de efectos terapéuticos (mirra y aloe), permitieron compensar el cuadro de ‘shock’ traumático causante del coma e iniciar una serie de cuidados para su recuperación, cuidados que debieron continuarse en otro lugar distinto al sepulcro y con medios diferentes».
Sangre y aceite
En este punto del relato comienzan las principales aportaciones realizadas por Miguel Lorente. Aunque el investigador andaluz no pudo tener acceso a la Sábana Santa, sí revisó la mayoría de los estudios realizados sobre el lienzo y realizó por su cuenta varios experimentos con sangre y aceite sobre tejidos de lino similares, para analizar cómo reaccionaban.
Sus conclusiones son sorprendentes. Por un lado, del análisis de las manchas de sangre y de la propia imagen que aparece en la reliquia deduce que la persona envuelta por la sábana no había muerto: no presentaba la típica rigidez (‘rigor mortis’) ni «livideces cadavéricas» (zonas del cuerpo donde se acumula la sangre por acción de la gravedad que adquieren un color rojo-violáceo). Por el contrario, el forense asegura que en el lienzo hay indicios de «signos de vitalidad». En ese sentido, recuerda que la sangre deja de coagularse unos 60 minutos después del óbito, por lo que un cadáver al que se le hubieran limpiado las costras de sangre reseca y barro de decenas de heridas habría producido una intensa hemorragia que no se aprecia en la reliquia. También alude a la posición de manos y dedos en la imagen de la sábana, a la contractura muscular y a la disposición del cuerpo, ligeramente incorporado, para concluir que aquel hombre no había fallecido.
Misterio
Otra aportación novedosa del científico se refiere a la formación de la imagen en la Sábana Santa, que continúa siendo un misterio incluso para quienes la han analizado. A su juicio, la mezcla de sangre y aceites por toda la superficie corporal quedó plasmada en la tela que lo envolvía y, al darse cuenta los acompañantes de Cristo de que estaba vivo, debieron retirar la tela. Al secarse, las manchas pasaron de la cara del tejido en contacto con el cuerpo a su revés, lo que justificaría la «negatividad de la imagen».
Tras su «resurrección o resucitación», Jesús se apareció en varias ocasiones a personas distintas y se reunió con sus apóstoles, hasta que, el día 42 tras la crucifixión, ascendió a los cielos, según las Escrituras. Sobre este periodo, que dio título al libro, Miguel Lorente admite que no es fácil determinar nada. En su opinión, Jesús estaba muy afectado por las secuelas de la flagelación y la crucifixión. «No murió en la cruz, pero murió por la cruz», concluye Miguel Lorente.









Pudo evitar lo que estaba por venir y el tÃ
Con el que sepa de una vez por todas que ha amanecido con otro cuerpo, su alteridad tambiÃ
El Municipio de Godoy Cruz, los comerciantes, los industriales y vecinos hicieron su aporte para equipar con los primeros elementos al Cuerpo.
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